Desarraigando
Hoy, 23 de septiembre de 2024, escribo estas palabras con un profundo pesar en el alma, sintiendo que, de algún modo, traiciono mi propia esencia y la memoria de mi madre. Me desprendo de mis raíces, de Tajahuerce, el lugar que me vio nacer.
Siempre he amado ese pueblo, donde jugué libremente hasta que mis padres, en busca de un futuro mejor, se trasladaron a la ciudad para encontrar un empleo digno y criar a sus hijos. También fue el refugio donde mis hijas disfrutaron de sus vacaciones escolares y que, ahora, ya adultas y con sus propias familias, recuerdan con cariño. Les habría gustado que sus pequeñas vivieran esas mismas experiencias, pero quizás hoy, al desprenderme de mi parte de la casa donde nací, estoy cerrando esa posibilidad o, al menos, dificultándola. Esa casa que mi madre deseaba que fuera completamente mía.
Pero la vida nos obliga, en ocasiones, a soltar. A dejar atrás la nostalgia y desapegarnos de aquello que, aunque significativo en el pasado, ha perdido su razón de ser y nunca volverá a ser lo que fue.
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